20/10/17

Melancolía.

 Hoy, estaba pensando yo, delante de una hoja de word en blanco, con un título que tenía que sugerirme una historia... Y no era capaz de escribir nada. Estaba como resacoso, dolorido, cansado y en general en unas condiciones nada recomendables para según que tipos de creatividad. Y entonces empecé a pensar en la melancolía, como concepto. En general.
Y pensé en las implicaciones que podía tener, en como podía afectar. Y luego en como me afectaba a mi mismo. Empecé a divagar a nivel mental, como quizás esté haciendo ahora a nivel narrativo o escrito. Como si quisiera rellenar una hoja de papel, pero que estaba en mi mente.
No os voy a engañar, la melancolía, puede ser muy jodida, puede hacer mucho daño, convertirse en una especie de veneno, infección o ponzoña que puede corroer seriamente el espíritu de una persona. Pero eso no la hace mala. Los sentimientos y creo que ya he hablado de ello en éste blog, no son ni buenos ni malos. Lo malo o bueno es lo que hacemos con ello. Y pensando en éstas cosas, no he podido caer y recordar a las personas que, por nuestro bien, nos intentan curar la melancolía.
Yo soy melancólico. Lo acepto. Quizás soy así o quizás simplemente algo no me funciona bien aquí dentro. Y he pasado rachas muy malas y muy oscuras. Pero seria un necio si culpara a mi carácter melancólico de tal cosa. Una vez intentaron quitarme la melancolía, no haré mención a este caso concreto con más profundidad, ni como, ni porque, ni cuando, ni quien. ¿Y sabéis que noté cuando se suponía que me la habían quitado? Vacío. Era como si me hubieran extirpado algo que formaba parte de mí, como si me lo hubieran arrancado. Notaba vacío. Antes de seguir quiero avisar que ahora mismo no me encuentro en la situación mental correcta o idónea para escribir, os aviso porque me veo venir una paja mental del quince. Avisados quedáis.
Obviamente no me la habían quitado, pero era como, me parecía como si sí lo hubieran hecho, todo, imagino, por el poder de la sugestión. Alguien pensó que esa era una solución a lo que me pasaba, pero se equivocaba. Y no pasa nada. Esas, son cosas que pasan, estamos condenados a equivocarnos, porque la prueba y error es el sistema por el cuál, como especie aprendemos y evolucionamos.
Esa, como decía, no era la solución. Soy melancólico, me gusta ser melancólico, y creo que no es algo que se me tenga que quitar. Que extirpar. Ese sentimiento muchas veces es una gran fuente de inspiración. Y realmente no es algo negativo, es algo que forma parte de mí, porque puedo estar eufórico, siendo así, y a menudo lo estoy, me encanta reír, a carcajadas, hasta llorar, hasta que me duele de tanto reír. Aunque sea melancólico. Porque como dijo el sabio, hay un momento y un lugar para cada cosa.
Y la melancolía puede tener sus puntos positivos, ya no en el aspecto creativo, sino en el aspecto ético, es decir en la manera de vivir uno la vida. Yo creo que la melancolía me ha dado muchas veces una dosis de realidad que me ha ayudado a ver las cosas con objetividad, que me ha hecho tomar decisiones correctas y sabias. También me ha hecho más fuerte, me ha enseñado a sobreponerme al dolor, a no dejar que me derribe o por lo menos, no tan fácilmente. La melancolía me ha ayudado a profundizar en mi mismo, a conocerme, a enfrentarme a partes de mi ser, de mi psique, que eran difíciles, dolorosas, terroríficas y oscuras. Me ha ayudado a conocerme a enfrentarme a mis fantasmas. En definitiva me ha dado un poco de sabiduría, lo cuál ya es algo para alguien con la mollera tan dura.
Así que en sí, no es mala. Pero es un arma de doble filo. Porque como he dicho un sentimiento no es ni bueno ni malo, eso depende de la razón que tú le des. Y la melancolía también puede ser mala, porque y sin profundizar mucho en ésta parte, puede llevar a la depresión, a la tristeza, al aislamiento, a la soledad. Pero eso, no viene sólo por la melancolía, hay otros catalizadores, otros atenuantes, que nos llevan a estos estados.
Problemas personales, traumas, miedos, inseguridades. El no conocernos a nosotros mismos. El no conocer a quien tiene éste rasgo y por él y otros motivos ya mencionados está deprimido.
Lo que quiero decir, sinteticemos, es que la melancolía no es mala. Y tanto si la sufrimos como si conocemos a alguien que la sufra, no debemos intentar "quitársela" o "extirparla" porque eso no servirá de nada, y no será más que una empresa condenada al fracaso. En mi caso, quien intento quitármela era alguien cercano, a quien quería y quien me quería. Y yo estaba mal, y pensó que el problema era que tenía simplemente "melancolía". Incluso yo llegué a pensar lo mismo.
Pero ese, obviamente no era el problema. Ahora es fácil verlo, puede que haya pasado un año ya. El tiempo despeja la mente y da perspectiva. Entonces supongo que no era tan fácil verlo, para ninguno de los dos. El problema no era esa nube oscura que se cernía sobre mí. La tristeza que sentía, venía de los problemas que tenía con esa persona y que me negaba a reconocer. Problemas que sólo fueron a más y a más. Si yo hubiera sido honesto conmigo mismo, quizás podría haberlos visto. Pero ahora no merece la pena seguir analizando algo que pasó y que no tiene solución
En conclusión, la melancolía es un sentimiento, no un problema. Yo soy melancolía y lo acepto. Aunque a veces me traiga problemas y dolor. Y quien lo sea deberá aceptarlo y dejar de ver eso como un enemigo. Y empezar a ver los problemas que se esconden tras ese sentimiento.
A mí me gusta ser feliz y me gusta reír. Sé que la melancolía y la euforia son sentimientos completamente opuestos, a mí me lo vais a decir, que hay veces que parece que tengo tres personalidades, la eufórica, la media y la deprimida. Pero así soy.
Y ¿sabéis que es lo que me hace más feliz? ¿Lo que me da más euforia? Lo que me acerca a mi niño interior. Al niño que fui. Quizás por eso me guste reír, porque considero que tuve una infancia feliz, pese a los problemas que tuvieron lugar, no dejaba de reír y eso me acerca a esa parte de mí y me provoca euforia. Hay cosas que me dan euforia, y es porque me acercan a ese niño interior, ese niño con una imaginación disparatada, que vivía en un mundo mejorado con sus ensoñaciones y disparates. Que podía ver lo que imaginaba como si fuera tangible. Quien alguna vez me ha enamorado a llegado a conocerme lo suficiente para saber que acercándose a mi niño interior podía conquistarme.
La verdad que echo de menos esa época y a veces siento haberla clausurado de forma tan abrupta. Otro día hablaremos de eso. Y de esa parte de mí.
En definitiva me gusta esa parte de mí, pero eso no quita que me guste su contraria. Porque no siempre se puede ser feliz, ni vivir en tu mundo, la realidad está ahí y no se puede huir de ella, porque es donde más se aprende, y donde más se madura.

No sé si se puede sacar más conclusiones a lo dicho, vosotros juzgaréis eso. Me dejo muchas cosas en el tintero, pero éste escrito reclama un final, así que os dejo una despedida, y agradezco el tiempo que hayáis dedicado a leerme. Un saludo y cuidaos mucho, queridos lectores.

1/10/17

Perdí a mi hermano.

 Yo te quería muchísimo. Eras mi hermano, mi protegido, parte de mí, de mi sangre. Eras una prolongación de mí. De lo bueno que había en mí. De los sueños que podía cumplir, de las lecciones que podía aprender, del bien que podía hacer. De todo aquello positivo o beneficioso que yo pudiera aportar, que pudiera dejar a mi paso por éste mundo. No albergo ningún sentimiento negativo contra ti, poco a poco todo se enfría y cuando podemos pensar con claridad, las heridas empiezan a cicatrizar. Aún te quiero, joder, eres mi hermano. Pero no en lo que te has convertido, en lo que eras, en la clase de hombre que podrías haber sido.
No me malinterpretes. No tenía ningún "plan" preparado para ti, no pretendía que fueras nada, no pretendía que hicieras lo que yo creyera que era mejor para ti. Sólo quería ser testigo de esa gesta que protagonizabas llamada "Tu vida". Ayudarte y ampararte en lo que pudiera. En fin, ser tu hermano, estar a tu lado, y disfrutar contigo de tus victorias, de las que eras el único protagonista, y las cuales podía admirar, y acompañarte en tus derrotas, impidiendo que la soledad de la perdida, del fracaso te abrumase, intentando darte la poca sabiduría que pudiera poseer, a fin de ver la enseñanza del bache.
Eras muy importante para mí. Y por eso me dolió tantísimo lo que hiciste. Porque eras el mejor hermano que yo hubiera podido esperar, pero hay cosas que ni a mi hermano le puedo pasar.
Y es que me dejaste tirado. Me diste de lado, y eso me dolió en lo más hondo de mi corazón. Tú siempre habías podido contar conmigo, y me hubiera puesto de tu parte pasara lo que pasara, hicieras lo que hicieras, tuvieras razón o no. Nunca habría habido nada en lo que te metieras, o en lo que te metieran, en lo cuál yo no hubiera tomado partido por ti. Porque aunque hubieras estado equivocado, seguirías necesitando a tu hermano, y ahí iba a estar yo, a tu lado, guardándote la espalda, e intentando si es que estabas en un error, hacértelo ver, utilizando todo mi talante, toda mi empatía, toda mi sabiduría e ingenio, pero sin dejarte de lado, sin dejarte sólo, aunque me hubiera tenido que manchar las manos, el honor, o lo que fuera preciso, por mi hermano todo.
Por mi hermano todo, menos dejarme vendido por él. Eso ni por ti, ni por nadie.
Y eso fue lo que hiciste tú. Te quisiste mantener neutral, no puedo entender porqué, supongo que porque quien estaba en otro lado de la cuestión te doró la perla muy bien, te soltó muchos halagos o te manipuló de alguna manera para que vieras más honestidad en su lado que en el mío. Realmente no hiciste nada demasiado grave, intentaste no tomar partido por nadie, mantenerte neutral, no escoger un bando. Pero al hacer eso, sin quererlo o queriendo, a propósito, o sin darte cuenta, tomaste partido, y no fue por mí. Con el tiempo hubiera podido perdonarte eso, aunque nunca hubiera confiando en ti, con fe ciega, como confiaba antes de que esto pasara.
Quien se apostilló en mi contra y te embaucó tan bien, sabía perfectamente que la mejor manera de hacerme daño, era atacarme a través de ti, por el único lado que no esperaba ser atacado, por el único lado del que no esperaba ninguna amenaza, en el que tenía completa y absoluta seguridad. Aún recuerdo, antes de que todo esto empezara, cuando no estábamos enfrentado dicha persona y yo, como cuando me insinuó su preferencia antes de ti le dije "Nadie está por delante de mi hermano, siento si te duele oírlo, pero espero que lo comprendas, hemos pasado tanto, que mi lealtad hacía él no puede ir ni pasar nunca a un segundo plano." Tanta culpa tuve yo de que te usaran contra mí al decir eso, como tú de confiar en el buen hacer de ciertas personas supongo.
Yo tuve mucha culpa en esto, lo reconozco, no pretendo criminalizarte y reconozco que puedo haber pecado de eso. Tú sólo intentaste escoger lo que te parecía mejor, supongo. Yo fui quien comenzó esto, quien actuó mal y provocó el enfrentamiento. Yo fui quien no tuvo la sensatez de cuando tú escogiste a quien apoyar, calmarme, enfriar la mente antes de hablarlo contigo, y yo fui quien, como un estúpido, dijo lo que dijo, sabiendo que por muy rebajado que estuviese a ti te iba a doler, tanto como me dolió a mí que tu me dejaras vendido. Que intentaras no apoyar a nadie entre tu hermano y quien pretendía darle todos los golpes que pudiera, actuando así, por no actuar. Hay veces que hay que escoger, porque al no hacerlo, dejas que o bien otros escojan por ti, o bien que tu tibieza sea la que escoja.
Pero lo que sí que no puedo entender, comprender ni asimilar es lo que vino después, los dos actuamos mal, los dos nos equivocamos, y eso iba a traer consecuencias, nuestro vinculo, el honor y lealtad que había entre ambos se iba a resentir, pero tú lo complicaste aún más. En vez de dejar que el tiempo hiciera su parte, que las cosas se calmasen, me buscaste, hasta encontrarme, me declaraste algún tipo de guerra absurda e infantil, intentando hacerme todo el daño que pudieras, hasta desgastar toda la paciencia que yo pudiese tener guardada para aguantar las niñerías y rabietas que nunca hubiera esperado de ti. Te levantaste contra mí, sabías que me estabas atacando, no fue por error, no fue por accidente, quería joderme, y eras plenamente consciente. Tú me atacaste, allí donde más podías hacerme daño, porque me conocías y sabías cuales eran mis debilidades y fortalezas, buscaste poner del revés mi vida, alterar todo lo que era importante para mí. Tú. Mi propio hermano.
He tomado muchas decisiones malas, no soy un ejemplo de las cosas que hay que hacer para un buen provenir, y la mayor parte de la complicación de mi vida es sólo culpa mía, por decir sí a lo que debí decir no, y viceversa. Pero yo nunca hubiera alzado mi mano contra ti, yo nunca hubiera buscado arruinarte, o dañarte. Eras mi puto hermano, nunca se me hubiera ocurrido, y por ello simplemente soporte tus ataques y me fui alejando de ti, cada vez, más. Aunque realmente el que me alejaba de ti, eras tú.
Perdí toda mi confianza en ti hasta que conseguiste darme absolutamente igual, hasta que olvidé todo la lealtad que guardaba y hasta que fui hasta deshonesto, con tal de evitarte y alejarte de mí.
Eras mi hermano, y ahora... Sólo quiero olvidar que confié tantísimo en ti, que tuve un hermano tan excepcional y que lo perdí, y nunca lo recuperaré. Quiero ver esto como una serie de malas decisiones carentes de toda malicia, aunque no lo comprenda, dado que nunca podré mirar y analizar estos hechos con frialdad y con imparcialidad. Es mejor no recordar algo que sólo trae dolor, prefiero recordarlo como algo absurdo y carente de sentido, a recordarlo como algo lleno de malicia, así es más fácil de olvidar. Así sólo trae tristeza y no rabia. Dado que la rabia es tan difícil de purgar, cuando entra en el corazón.
Quizás un día retomemos el contacto, olvidemos y hasta nos llevemos más o menos bien... Pero no podré evitar sentir siempre que perdí a mi hermano, y que nunca lo recuperaré.

Fuera culpa de quien fuera. Perdí a mi hermano.

20/9/17

Todas las hojas tienen que acabar cayendo.

 Hoy quiero traer a mi memoria algo que pasó, hace ya un tiempo considerable. Fue una de las lecciones más sabias que me han dado nunca, una de las frases más inteligentes que jamás he oído. No me revelaron el sentido de la vida, cuál es nuestro propósito como raza, si es que lo tenemos, si es que nos aguarda alguna tarea o destino trascendental, no me aclararon si hay una deidad o varias, o si son totalmente inexistentes y fruto de la imaginación, la necesidad y la fe. Tampoco me explicaron si hay vida más allá de este planeta, o si por el contrario vamos a algún sitio cuando desaparecemos, nos reencarnamos o simplemente dejamos de existir, pues no somos más que un conjunto de coincidencia, un conjunto de coincidencias que tienen como consecuencia la vida, un nacimiento, un desarrollo, una madurez y finalmente la muerte. No nada de eso. Me han dicho una de las verdades más claras y auténticas que existen. Si, y si, ha sido toda una revelación. Porqué por misterios en los que no detendré mis pensamientos ahora... Somos una especie a la que le cuesta ver, muchas veces, quizás demasiadas, lo que tiene a simple vista. Es así. ¿Conocéis el dicho de "si lloras por no ver el sol, las lágrimas no te dejaran ver las estrellas"? Pues algo así.
Hay verdades que no queremos ver, porque son dolorosas, porque son sencillas y nuestra complicada cabeza no puede concebir que en un mundo tan enrevesado algo sea tan sencillo. O simplemente porqué nuestra atención está tan saturada y sobrecargada que no es capaz de detenerse en lo más nimio, pero más evidente, si nosotros no le damos la orden de que se detenga a prestarle atención.
Bien. La verdad fue esta. "Todas las hojas tiene que acabar cayéndose". ¿Cómo os quedáis? Esperad... No me digáis que no os dice nada esta frase, ¿cómo? ¿Que es evidente? ¿Que todo el mundo sabe eso...? No, aún no captáis la profundidad de esas palabras, aún no veis lo que quiere decir, al igual que yo y muchos congéneres de nuestra raza, no veis lo evidente, en este caso porqué creéis ver lo evidente. Esperad... A sido culpa mía. Os contaré la historia que hay detrás de esta frase, entonces lo comprenderéis como lo comprendí yo.
Bien yo mantengo una relación sentimental con una persona. Y cada día esta, me convence de que es una de las personas más grandes que nuestro planeta a tenido la suerte de alojar. Quizás sea un niñato, un idiota, un fantasioso o un despistado, pero estoy realmente enamorado de ella. Y entre todas las cosas que tiene que aguantar, la pobre también aguanta mi sociopatías y psicosis momentáneas. Es decir... Mis comeduras de cabeza.
Al principio de nuestra relación me dio una pulsera muy especial, una pulsera que pese al tiempo y a los trotes recibidos, aún está conmigo, y me gustaría que pensar que va a ser así durante mucho tiempo, pues es una pulsera muy especial, una pulsera única, no hay otra así, y seguramente, en gran parte, sea porque me la dio Ella.
A mi me hizo mucha ilusión que me hiciera este regalo, no sólo por el regalo sino por lo que representaba ese regalo, por lo que yo leí entre líneas en ese regalo, por lo que significaba para mí ese acto, hecho de esa manera particular.
La pulsera está formada como por unas cuantas cuerdas, hilos y un retal de cuero entrelazadas, unidos, y atados entre sí, formando en su conjunto la susodicha pulsera. La pulsera tiene una serie de adornos, y entre estos tenía una hojita. Yo llevaba mi pulsera, la favorita con orgullo y con satisfacción, pero por mala suerte, casualidad, o simplemente accidentalidad una de las piezas de la pulsera se cayó, se desprendió. Fue la hojita. Bueno, cuando me dí cuenta, realmente me fastidió, esa pulsera era un regalo y para mí era importante, me fastidió que se perdiera ese adorno.
Después de que esta pequeña pieza se rompiera yo vi a mi pareja y se lo conté, le dije que lo sentía, que me jodía y que perdón. Y ella me sonrió con mucha calma, me miró a los ojos, y como si se adueñara de ella una profunda paz, tanta que hasta pareció saltar a mí... Me dijo "Todas las hojas tienen que acabar cayéndose".
Quizás algunos todavía no hayáis captado el mensaje. Quizás aún tengáis una expresión de extrañeza configurando vuestro rostro... Algunos seguramente estaréis pensando "este tío es imbécil..." Lo que posiblemente haga, que mi yo futuro, el yo que existirá mientras tales lectores me leen... A ese yo, un ensordecedor pitido de oídos le esté golpeando.
Bueno, bien, para los que tengáis la paciencia necesaria aún de seguir leyendo para saber que quiere decir esa frase, os lo explicaré.
Todas las hojas tienen que acabar cayendo. Es una verdad absoluta, es algo inalterable, va a pasar, más tarde o más temprano, a veces por sorpresa y otras de forma esperada, pero al final caerán. Y no podemos hacer nada para cambiarlo. Podemos ralentizarlo, podemos ralentizarlo o podemos acelerarlo, y otras veces nada de lo que hagamos podrá influir en su transcurso, en el proceso. Así que cuando dicho proceso toque a su fin o cúlmine... Sólo nos queda aceptarlo, con lo bueno y lo malo que lleve, que nos retribuya o que nos conceda. Aceptarlo, asimilar que ha pasado y asimilar que lo que hayamos hecho para atrasarlo o acelerarlo, haya sido mucho o poco, es todo lo que podíamos hacer, que ya nadie ni nada puede cambiar lo ocurrido, ha pasado y ya está, por doloroso o grato que sea... Es lo que hay. Pueden ser palabras duras pero es así.
¿Ahora comprendéis mejor la frase verdad? Ahora si la habéis entendido, ya nada os impide ver su auténtica verdad absoluta y su gran profundidad, ¿cierto? Lo sé.
Esta, es una verdad absoluta y para muchos evidente, aunque hay para algunos que no... Pero realmente a un ojo racional es evidente. Sin embargo no siempre es fácil asimilar esta verdad, no todo el mundo es capaz de asimilarla llegado el momento. Aunque no haya más, no siempre es tan fácil aceptar que es lo que es y punto, que no hay más... No siempre es fácil. Pero hay que hacerlo, tomar aire, asimilarlo y continuar. Sea la situación que sea, hay que proseguir. Más rápido o más lento, antes o después, pero hay que seguir caminando, seguir adelante, a nuestro ritmo pero sin parar. No queda otra. No es fácil muchas veces, no es grato, la mayoría. Pero es lo que debe hacerse. Porqué a la larga, el esfuerzo, el trabajo, la energía apostada en la empresa de asimilar la verdad absoluta que nos haya golpeado, el esfuerzo de asimilar que ha pasado y hay que seguir adelante, a la larga, habrá merecido la pena. Nos habrá hecho más fuertes, más sabios, a la mayoría al menos. Nos habrá hecho mejores, porqué de todas las heridas se aprende. Cada cicatriz, por grande o larga que sea, por profunda que cale en nuestra alma... Es una lección, si sabemos interpretarla.
Ese fue el mensaje. Sus palabras me lo dijeron, y sus ojos y la paz que manaba de su sonrisa me lo explicaron. No es sólo una frase, alberga gran profundidad. Ahora os dais cuenta, ¿verdad?
Pues hasta aquí la anécdota y hasta aquí la explicación de la misma. Espero que los que habéis conseguido aguantar leyendo hasta el final, hayáis disfrutado de lo leído y os haya sido útil, quizás no hayáis aprendido nada, pues ya conocíais la lección, pero me alegraré si tan sólo os he conseguido recordar esa lección. Me alegraré si os he conseguido refrescar la memoria a fin de que un día cuando necesitéis seguir caminando, recordar que todas las hojas acaban cayéndose, podáis hacerlo con mayor soltura y con menor dolor. Ha sido un placer escribiros y un honor que me leáis. Un saludo.

Y por último, para cerrar esta entrada, he de agradecer a la persona que la inspiró. Muchas gracias, leona, siempre has conseguido llenar mi dura mollera de algo más de sentido común y de sabiduría... Gracias.  

1/9/17

Corazón de Perro.

 Te echo de menos, la verdad. Llegaste a mi vida, como un regalo, alguien, desesperado por darle un poco de ritmo a mis días te objetizó, y te convirtió en presente. ¿Quien podía imaginar que tenías más alma que muchos humanos? Yo lo había perdido todo, o eso creía, que fácil es ver la verdadera cara de la gente, cuando dejas de estar para la gente. Es increíble como ves de que están hechas de verdad las personas cuando dejas de regalarles tu mejor faceta. Cuando te cierras en ti mismo, porque sólo puede salir de ti dolor y amargura.
Roto, desolado, consumido por la soledad y desengañado de las personas y de cualquier valor mínimamente positivo que se les pudiera suponer, apareció en mi vida un pobre bicho en una caja de cartón, temblando y aterrorizado. Cuando lo cogí y escruté con mi mirada, preguntándome que clase de animal regala un perro, como el que regala una colonia, metiéndola en una caja, el pobre bicho se orinó. Estaba igual de asustado que yo. Sólo que él tenía la honestidad de no levantar un disfraz de apariencias y expresiones frías para taparlo.
Se pasó tres días enteros asustado, comía, bebía, dejaba todo hecho un desastre llenándolo todo de inmundicia. Por las noches gemía, asustado y luego se quedaba quieto en un rincón, esperando a que nadie le hiciera daño. Yo me resignaba, limpiaba y le daba su espacio. Realmente echaba de menos esa resignación, echaba de menos cuidar de alguien. Es duro cuando te resignas a cuidar de alguien, porque lo quieres, pero es más duro que no hay nadie, ni para cuidarte ni para que le cuides.
Y un día, mientras yo estaba medio adormilado en el sofá, viendo una película mala, y con la boca torcida y como siempre, muestra de un continuo enfado con el mundo, con la vida y conmigo mismo, apareció, entre los pliegos de la manta que me mantenía cómodo y calentito en invierno, me lamió la mano y se tumbó sobre mi vientre a dormir. Me hizo sentir tanto calor, allí donde nunca más pensé que lo sentiría, que no pude hacer otra cosa que intentar contener las lágrimas de la emoción, al sentir de nuevo que tenía un corazón que podía latir y sentir.
Y se convirtió en mi sombra. Por las mañanas se acercaba a la cama, a primera hora, y empezaba a soltar sus agudos ladridos de cachorro para que me levantara y le pusiera de comer. Y ya me daba la excusa perfecta para no tirarme el día tirado en la cama hasta que me dolía el cuerpo de estar parado, y le veía comer con tal ansía, que me daba ganas de desayunar yo también fuerte.
Algo tan simple me daba energías, y me hacía moverme, lo cual me alejaba de mi depresivo y derrotado estado. Y eso me daba la mejor de las excusas para jugar con él, que era incansable y quería juego a todas horas, que no paraba de correr a mi alrededor y revolotear. Y verle tan lleno de fuerza, me dio ganas de sentirme fuerte también. Y entonces empecé a salir a correr, a hacer ejercicio, a ponerme en forma, a quemar todo aquello, que me consumía desde hace tiempo.
Me acuerdo que un día estaba haciendo pesas, press banca, llevando mis músculos más allá de la extenuación, forzando, intentando quemar aquello que tanto pesaba y dolía. Y rugía con cada repetición en la que dejaba todas mis fuerzas, y maltrataba mis músculos. Y el se acercó, empezó a soltar sus ladriditos, y a mordisquear mis zapatillas de deporte, aún las tengo, aún tengo la lengüeta de las mismas marcada por sus afilados dientecillos. Yo cuidaba de él, pero él cuidaba más de mí, obligándome a cuidarme. Ese fue el último día en el que maltrate a mi cuerpo forzándolo, y fue el primero en el que empecé a mimarme, a cuidarme y a quererme sin saberlo si quiera.
Era como una bola de pelo, y quería estar siempre a mi lado. Y un día se me puso en el teclado del ordenador, mientras trabajaba en el mismo, escribiendo. Me hizo tanta gracia el cuidado que ponía en caminar sobre las teclas, casi como si quisiera escribir el también que decidí echarme una foto con él. Y fue entonces cuando me dí cuenta de que ahora mi pelo no caía tan lacio y había recuperado color, dejando de esta mustio y apagado, que mis labios no formaban de forma continuada una expresión malhumorada, y que mis ojos habían recuperado su brillo, no estaba a la mitad de mis fuerzas, podía estar mucho mejor, pero ahora había recordado que yo estaba vivo, que seguía vivo, que tenía casi el deber de recordarlo y disfrutarlo por los que había perdido.
Decidí afeitarme, cortarme el pelo, para no parecer un vagabundo, siempre, desde que se me empezó a arreciar el pelo de la cara, me había gustado tener barba y el pelo largo, y al verme en esa foto, mejor de lo que hacía mucho tiempo que estaba, pero todavía no tan bien como podía llegar a estar, decidí abandonar esas pintas desgreñadas, recuperar mi barba corta y arreglada, y mi pelo largo y cuidado. A él le encantaba aullar mientras yo cantaba mis viejas canciones a la par que me afeitaba y recortaba la barba. Menudo dúo éramos.
Salíamos a correr, jugábamos y nos revolcábamos por toda el suelo de esa casa que ya no parecía tan grande y tan vacía, luchando por un hueso de plástico que sólo él debería haber mordido pero que yo me pugnaba con todo el gusto, contra él, y ahora lo reconozco algo sonrojado por la infantilidad y por la insalubridad de tal afición. Me hacía sentir como un niño. Protegido, querido, cuidado, especial, ilusionado. Era el mejor amigo que había tenido nunca. Recuperé mi amor por el cine y volví a sentir su magnificencia, mientras él se tumbaba poniendo la cabeza sobre mi regazo y durmiendo mientras mi mano acariciaba su lomo. Volví a cantar como he dicho antes mientras él me hacía los coros y revoloteaba a la par mientras yo bailaba como el peor de los cojos arrítmicos. Recuperé la alegría de vivir, con el amigo más leal que había tenido nunca.
Perro. Que noble palabra, cuanto significado, cuanta bondad, lealtad, honor y cariño en una sola palabra. Ojala me llamaran perro y no humano.
Era enorme, creció un montón, vaya monstruito, y era precioso. Mi mejor compañero de armas y el único, descubrí que podía reír a carcajadas de nuevo cuando un día oí estrépito en la cocina y cosas caer al suelo y vi que había abierto la nevera y se había tirado una tarta de chocolate encima pingándose entero, mientras me miraba con los ojos muy abiertos, como si quisiera decirme "¿¡Quien diablos a hecho esto?! ¡Ya verás como le pille!". La vida no había conseguido arrancarme lo mejor de la misma, que es reír a carcajadas. Y cuando me desternillé y recordé de nuevo lo alto y estrepitoso del tono de mi carcajada, él se acerco y levantándose sobre sus dos patas se me abrazó, lamiéndome y pingándome entero.
Un ser sin raciocinio, movido por el instinto, tenía el alma más grande y especial que había visto en mucho tiempo, me enseñó a aferrarme a mis instintos, entre ellos el de supervivencia, dándome permiso para cerrar mis heridas, para olvidar, para llorar y gritar "¿Por qué me tuvo que pasar a mí? ¿Por qué les tuvo que pasar a ellos? ¿Por qué me quede aquí y ellos se fueron" Pero también para reír a carcajadas, hasta que los ojos se me humedecieran, porque las carcajadas, las risas y las sonrisas, son las que dan lugar al conocimiento de que no todas las lágrimas son amargas, de que también hay lágrimas de felicidad, y de emoción. Y entonces, con toda la cocina empantanada y marraneada, antes de ponerme a limpiarla, con él revoloteando y agitando, y con una sonrisa y lágrimas en la cara, llorando por lo que había perdido, y por lo que curaba y me dejaba sonreír de nuevo, volví a levantar los marcos que boca abajo, ocultaban las fotos de mis hijos y de mi esposa.
Ese día, cuando me fui a dormir, el bicho se vino conmigo, se tumbó en la cama y dormí de un tirón hasta el día siguiente.
Si sigo vivo, es por él, porque el apareció, porque me salvó de mi mismo. Porque me quitó mi débil y angustiado corazón de humano, y me devolvió la ilusión poniéndome un corazón de perro que valora la vida, incluso la que ya no está, y convierte los recuerdos en un regalo y no en una carga.

Ahora ya no está. Y siento si es un final amargo para el relato, te invito a llorar conmigo su ausencia, si prometes mantener una sonrisa en honor a su recuerdo. Cuando se fue, se me empezó a quebrar el espíritu y a resquebrajar el corazón. No sabía que iba a hacer con mi vida, sin su leal compañía, la más leal que nunca nadie dio a una persona. No sabía que iba ha hacer, como iba a superar aquello. Y su recuerdo empezó a inundarme, con una fuerza demoledora, porque sólo tenía buenos recuerdos de él que sólo me hacían sentir calor, un calor suave y balsámico, que cierra heridas y provoca lágrimas que desahogan. Y entonces supe que su tiempo había terminado, que había sido muy feliz, haciéndome un hombre feliz de nuevo, que mi mejor amigo, me había regalado la vida y el valorarla, y que tenía se seguir adelante, porque lo que le separó de mí fue el tiempo, que injustamente para él, pasó más rápido que para mí, pero contra el tiempo no hay nada que hacer, nadie lo puede, y de malgastarlo sufriendo, prefiero invertirlo, recordándolo, recordando con ternura como me seguía a todos lados y me mordisqueaba sin hacerme daño para obligarme a animarme cuando se me ensombrecía el semblante, como me ayudo a recordar con cariño y sin ese dolor extremo e inaguantable a los que perdí. Seguro que ahora mis hijos juegan con él, ahora es su mejor amigo, y cuida de mi familia, tan fiel como fue conmigo, allí donde yo no puedo alcanzarlos todavía. Un día podré tener a mis hijos en brazos de nuevo, recobrar aquellas miradas interminables con mi mujer, y escuchar los melodiosos y llenos de vida ladridos que tanto bien me trajeron.  

20/8/17

Los desastres capilares.

 Hoy os vengo a contar, a hablar... De un fenómeno inexplicable. De un fenómeno, que lleva tiempo teniendo lugar en nuestro mundo y que, ni el hombre, ni la ciencia, ni la religión, son capaces de explicar. Sí amigos, hoy os voy a hablar del desastre que me hacen en la cabeza cada vez que me voy a cortar el pelo.
Veréis yo soy un hombre sencillo, de gustos sencillos, de cosas sencillas, y por lo tanto, mi corte de pelo es sencillo, o al menos así lo pido y así intento que me lo hagan ¡Pues no hay manera! Yo me siento en la silla mefistofélica del peluquero, ese artilugio atroz que parece que sirve para tumbar a un ser hecho de partes de personas muertas y darle vida con un rayo que caiga del techo.
Como decía, yo me siento en ese trono de la vergüenza, y pido algo muy sencillo:
"Córtamelo al dos por los lados y la nuca, y por arriba, me lo dejas un poco más largo, al dos y medio, para no parecer una bola ocho. Pero sin tupés ni cosas raras. Quiero que me lo cortes en plan cuadrado, vamos, a lo militar."
Bueno, pues con estas sencillas instrucciones... Hasta ahora, en mis dos décadas de vida, no han conseguido córtamelo como yo quiero. Eso ha dado lugar a que lo llevara largo, asustado de las atrocidades cometidas contra mi masa capilar, a que llevara coleta y una vez a que me lo rapase al cero, sabedor así de que al menos, la barbaridad cometida en mi pelo, sería cosa mía, y no de un peluquero que no sabe cortarlo como a mí me gusta. Y os voy a ser franco. A día de hoy sólo una persona me lo ha cortado como me gusta. Mi mami.
Coñas marineras a parte, os contaré cómo acabaron los dos últimos "pelados". El último, tras pedirle eso, la chica me empezó a cortar el pelo. Hay una cosa que debéis saber, por algún motivo, mi percepción no es capaz de discernir cuando me están cortando el pelo, si lo hacen bien o mal. No se si es porqué al tenerlo mojado (mojan el pelo para que sea más fácil cortarlo, como todos sabemos) no veo bien cómo me está quedando, no se si es por no llevar gafas cuando lo hacen, no se bien porqué, pero no hay manera, así que quizás también yo tenga parte de responsabilidad en estos desastres.
Tras el último corte de pelo, cuando la chica terminó y yo me mire, vi... Era... Era atroz. Mi corte cuadrado, se convirtió en lo siguiente. Básicamente, era una bola ocho, y por arriba, por donde había pedido que me lo dejaran más largo, me dejaron el flequillo un par de dedos más largo, y hacía arriba. Así que básicamente me quede con aspecto de una bola ocho, pero eso si, con visera. Os podéis imaginar el cachondeo que prosiguió a esos días, ya sabéis que quien más os quiera, más caña y más coña va a meter y hacer en estás circunstancias. Cierta persona me llamó "pollo sin cabeza". No entiendo bien el apelativo, pero oye, original era.
Venga, pongámonos serios. ¿Creíais que lo peor ya estaba visto? Inocentes... Aún hay más.
El anterior corte de pelo a ese, no sé si es que yo me expliqué mal, si es que, me entendieron mal, no lo sé. Pero me cortaron el pelo, y la parte de arriba, me la dejaron más larga, y cortada... Para hacerme tupé. Si, como lo oís, me debieron ver ganas de ser el rey del rock, o algo así, yo ese día, para mi vergüenza salí de la peluquería con tupé. No sé cómo cojones me debió entender "el maestro" para hacerme ese crimen. Obviamente, a mi no me gustaba y por lo tanto no me engominaba para hacerme el tupé. Así que esa masa de pelo, libre e imbatible, sin gomina... Acabo pareciendo una piña. ¿Sabéis como son las hojas de una piña? Pues así, llevaba el pelo muy corto por los lados y por atrás, y en la parte de arriba, parecía un puta piña.

Con mi edad, ya no soy un niño, me da corte decirle a mi querida progenitora que me arregle esos desastres, o que me corte ella el pelo, ya no soy un niño para que eso tenga lugar... Pero es que los desastres que me hacen en la cabeza son increíbles. La cosa es que tengo el pelo ya largo, y debiera cortármelo... Y estoy empezando a sentir temor de tal situación... ¿Cuál será la sorpresa esta vez? ¿Conseguiré por fin el corte que deseo? ¿Tiene mi pelo alguna dificultad para que siempre tengan lugar estos desastres? Os morís por verlo, ¿verdad? Sois crueles. En fin, esta es mi historia, inexplicable y absurda. Veremos a ver que pasa en la próxima ocasión.  

1/8/17

¿Por qué?

 Subo la persiana, el mortecino sol del amanecer me responde, son algo más de las siete de la mañana. No he dormido más de una hora seguida. Pero no tengo sueño, arrastro mi cuerpo, o él me arrastra a mí, ya no lo sé, la consciencia del tiempo, no ha sido la única que he perdido. He dejado de sentir todo, y todo me da igual, he dejado de ser parte de este mundo.
Te fuiste un 25 de Octubre. En pleno Otoño. Mi madre me contaba ,de pequeño, que procuró concebirme para que yo naciera ese día. El motivo era que los otoños la entristecían, y así su pequeño le daría ánimos. No creo que tú eligieras el día en el que te fuiste. No ese día precisamente. Te fuiste y hasta la naturaleza te lloraba. El cielo lloró conmigo tu perdida, calándome hasta los huesos durante las horas que permanecía fuera de casa, sin capaz de volver a ella, porque todo me recordaba a ti. Los árboles guardaron luto conmigo, cambiando el verde por el marrón, y luego dejando sus ramas al desnudo. Aunque ellos hayan roto ya su luto, yo aún lo mantengo. Pero sé que la naturaleza no podrá evitar guardarte una vez al año el luto, llorarte y echarte de menos, como yo lo hago cada día. Este mundo ha perdido a la mejor persona que tenía.
Supongo que cualquier color me parece un mentiroso ahora. Cualquiera que no sea el negro, me parece un farsante cromático, una invitación a sentir algo, alegría quizás, cuando no hay nada más que tristeza en este mundo. Al final todo desemboca en ella, por mucho que nos esforcemos, cada sentimiento, es un intento de alejarla, los positivos, y los negativos, cada sensación, gesto o intención es un intento de camuflar la tristeza que nos acompaña siempre, de engañarnos, es una farsa. Nacimos entre dolor y morimos solos, porque nadie puede acompañarnos en ese último tránsito. Una existencia entre dos lapsos de inexistencia. Así es, negarlo es mentir, al resto y a nosotros mismos.
Y mi farsa personal, mi intento por engañarme, me ha llevado a acompañar mi tristeza con dolor. El dolor de no ver más tus ojos, de no sentir más tus caricias, ni de que me despierten más tus besos. El dolor de tener que ir andando por la calle, sin que tu vayas cogida de mi brazo o de mi mano. El dolor de no tenerte para cuidarte, para desvivirme por ti, para ser tu romántico. El dolor de tener tanto amor reservado, guardado y amasado con tu nombre... Y no poder dártelo nunca. Ese dolor que parece que me quiebra el corazón, en un intento de que yo recuerde que, pese a todo, lo sigo teniendo.
Es lo único que siento, así que como digo no siento nada. La tristeza y el dolor son tan profundos que ya son parte de mí, no son sentimientos, pues lo sentimientos son pasajeros, no son constates, a veces son más intensos y a veces menos. Así que no siento nada, tengo tristeza y dolor pero estos son extensiones de mi, de mi ser, ahora, de mi alma.
A menudo visito tu lugar de santo reposo. No sé porqué lo hago la verdad, tú no vas a saber si te visito o no, no voy a sentirme mejor, y eso va a seguir como siempre, inalterable. Quizás algo dentro de mí alberga la esperanza de que un día mientras lo hago ya no esté tu lápida. Que haya sido todo un sueño, que esté loco y sea producto de mi mente.
A veces pienso que me gustaría estar loco, que tu nunca hubieras existido y que fueras producto de mi imaginación. Me gustaría porqué eso significaría tu inmortalidad, a coste de mi cordura, pero es un precio bajo por ti. Me gustaría, porqué me haría realmente grande haber imaginado algo tan perfecto como tú, me elevaría a la categoría divina, pues a pesar de se locura, de ser enajenación, tu existencia, aunque fuera sólo en mi cabeza, sería vida. Habría creado vida, y una vida tan perfecta que ni el mismo dios, si existiera, hubiera sido capaza de crearla. Ni él mismo, con los supuestos poderes omnipotentes, habría sido capaz de dotar la realidad tangible y física, con una criatura tan increíble como tú. Así que imaginarte, enajenarte, habría sido algo de orgullo para mí, una gesta más increíble que ninguna divina... Y una gratificación, al poder seguir besando tus labios, respirando tu aroma, acariciando tus piernas, entrelazadas en mis caderas. Aunque en verdad estuviera en una habitación acolchada, con una camisa de fuerza, ajeno al mundo real... Vivir eso, en los recónditos laberintos de mi locura, sería lo mejor que me podría pasar.
No he dejado de añorarte ni un sólo día, ni un sólo minuto, ni un sólo segundo. No he dejado de añorar tu risa, de añorar lo mal que cantabas, a propósito, para dar la lata. De añorar las tonterías que me hacían reír a carcajadas y hacer el tonto también. No puedo evitar llorar al recordarte, no puedo evitar sonreír unos segundos antes de imbuirme en la agonía de no tenerte, cuando recuerdo algo tan tonto como cuando intentabas ponerle al perro un jersey navideño y unos cuernos de Rudolf, y este se te escapaba una y otra vez.

No consigo olvidarme de que te tuve, de que te ame. ¿Por qué te fuiste? Mi única pasión en esta vida era amarte, y ya no tengo nada, nada más me vale la pena, nada más puede ser tan grande, increíble o gratificante. Mi corazón no puede sanar si no te tiene, los grandes amores no se olvidan, no se dejan de sentir, no cicatrizan ni curan. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no me llevaste?

20/7/17

Mensajes para felicitar las fiestas.

 Durante estas fiestas ha habido una cosa que no he parado de ver y que la verdad... Me chocaba. Y me refiero a los típicos mensajitos de copia y pega que se envían para felicitar la navidad, el año nuevo y esas cosas. Y me chocan, no por lo ñoños y gratuitos que sean, que también, sino por el hecho de que al gente los utilice de forma indiscriminada y sin remordimientos por tal cosa. Es decir, ¡hay gente que hasta le hace ilusión recibirlos!
Y la verdad, es que no lo entiendo, es un copia y pega, no tiene ningún significado, no se le puede entender un "te quiero, te echo de menos, pienso en ti, me caes muy bien, eres un gran persona o espero que todo te vaya bien". No significan nada, porqué ni lo hemos escrito nosotros, ni nos ha salido del corazón, es así. Por eso no entiendo que la gente reenvíe algo que no significa nada, ni que a veces sienta ilusión por recibir algo que no significa nada.
Me molesta mucho cuando a mí me llega uno de esos. Porqué en esas palabras sólo veo falsedad, y si una persona de verdad lo envía con buenas intenciones, que se lo ahorre, que escriba él o ella algo. Es decir, a mí me dice mucho más que me digan "felices fiestas Borja, eres un tío de la hostia, pásalo bien". Prefiero eso a una tochada del quince, escrita por alguien que nunca voy a conocer. Cómo la del abrazo mágico u hostias similares. En fin, que me parece una estupidez. Si queremos decirle a alguien lo importante que es para nosotros, deberíamos tener el suficiente sentido común de no mandarle esas mierdas. Lo mejor que podemos hacer para decirle eso es simplemente decirlo. Y si no somos buenos con las palabras o no somos de decir esas cosas, hay gente que es así, pues basta con demostrarlo, que a menudo demostrar lo que uno siente, dice mucho más que expresarlo con palabras. Aún así, insisto, si decidimos decirlo con palabras, utilizar un frío y despersonalizado copia pega de esos es... Es... Es sida.
Si nos da miedo escribirle a uno un mensaje navideño, y que no sea tan elaborado, tan literario, tan poético o lo que sea, como uno de esos horribles copia pega... ¡Da igual! Lo importante es lo que dices, no cómo y lo importante es que lo dices tú, sólo con decirlo tú ya demuestras dos cosas. La primera interés, cariño. Por estar haciéndolo. Y la segunda valentía, si, valentía, porqué tienes la valentía de confesarle tus sentimientos a una persona, usando tus propias palabras. Da igual que sean sentimientos de amistad, de cariño, de amor, fraternales... Da igual, has reunido el valor para hacerlos.

Así que por favor, no enviéis mensajitos de copia y pega, dicen, si, dicen muchas cosas y todas nada favorables de vosotros, porqué son fríos, despersonalizados y falsos. Y si me venís con la excusa de "es que a mí no me sale decir ese tipo de cosas"... Si me decís eso, pese a todo lo hablado, deberíais pensar si la persona a quien se lo queréis decir de verdad se lo merece o si de verdad sentís lo que decís por ella. Porqué, amigo mío, si tú quieres decirle a una persona que es importante para ti, ya sea un amigo o un familiar, y no te sale un texto elaborado, no te sale tampoco un texto que aunque no sea elaborado sea auténtico, ni tampoco te nace el ingenio para hacer algo que se lo demuestre... Entonces amigo mío, no tienes un problema para expresar lo que sientes, simplemente no lo sientes, y ninguna legión de copia y pega llena de emoticonos o de imágenes del mismo tipo (cómo las que nos han han petado whatsapp a algunos...) va a cambiar eso. En fin. Queridos lectores, ha sido un placer escribiros, un saludo.